De "El canto del pájaro", Anthony de Mello

El discípulo se quejaba constantemente a su maestro:

«No haces más que ocultarme

el secreto último del Zen».

Y se resistía a creer sus negativas.

Un día, el Maestro lo llevó a pasear por el monte.
Mientras andaban, oyeron cantar a un pájaro.


«¿Has oído el canto de ese pájaro?»,
le preguntó el Maestro.

«Sí», respondió el discípulo.
«Bien; ahora ya sabes que
no te he estado ocultando nada».

«Sí», asintió el discípulo.

lunes, 30 de mayo de 2011

nocturno

Pasan silbando
por la calle lo buscan
perro perdido

lunes, 23 de mayo de 2011

Las orejas de Natalie Portman



Veía hace poco por la televisión un programa sobre cazadores de nazis donde aseguraban que la parte del rostro que cambia menos con la edad, y además es inconfundible de persona a persona, son las orejas. Esa técnica permitió asegurar el arresto de Adolf Eichmann y otros criminales de guerra escondidos bajo falsas identidades en Argentina y Brasil. Y se veían fotografías de los agentes israelitas armados de telefotos parándose de pestañas para retratar a escondidas las orejas de los sospechosos a fin de compararlas con los gráficos de archivos.

Esto viene a cuento porque, como ya he mencionado en alguna entrada anterior, padezco un grado más o menos severo de “ceguera del rostro” (“Prosopagnosia” es el término académico). El asunto me ha ocasionado más de un bochorno por pasar de lado sin saludar a algún conocido o peor, no reconocer a quien me saluda y estar buscando como loco indicios en la conversación que me permita saber con quién estoy hablando. Como eso no siempre sucede, ya me ha pasado que más de uno pregunte entre molesto, enojado y a veces divertido: “no te acuerdas de mí, ¿verdad?” a lo que sólo me queda contestar con un sincero: “la verdad, no”, pues ya aprendí que pretender lo contrario provoca más problemas.

Para colmo de males, sólo la gente con la que mantengo contacto cotidiano es a quien identifico con facilidad, así que ni vecinos ni parientes ni excompañeros de trabajo están a salvo de que les haga alguna patanada (curiosamente, en mis sueños nunca me pasa… creo).

Con el tiempo, me he ido haciendo de algunas técnicas que me saquen del apuro, por ejemplo, soy estupendo reconociendo voces, y quizá por eso me emociona tanto escuchar las voces reales de la gente con quien he ido trabando buenas amistades por Internet.

Es necesario aceptar también (iba a escribir “reconocer”, pero chocaría con el tema de la entrada, ¿no?), que gracias a esto me he evitado varios disgustos. Diálogos como éste no son infrecuentes entre mi esposa y yo:

--No reconociste al buey ése, ¿verdad? --me pregunta a veces.
--Ni idea, ¿quién es?
--Pues el jijo que tal y tal y tal…

O bien me quedo con la impresión el fulano con el que me tope en la calle entra dentro de alguna categoría de alimaña, pero no estar seguro por el pequeño detalle de no saber quién coños es (la palabrota es la que uso cotidianamente en mi diálogo interno cada vez que me entra una duda sobre la identidad de alguien).

Mi situación se complica porque tanto mi esposa como mi hija son estupendas fisonomistas. Imagínense que tan lejos estoy de reconocer al actor que personifica a Voldermot sin maquillaje y con la nariz completa… y eso les da pie para echarle sal a la herida de mi discapacidad cada con cada película.

--A que no sabes quién es esa actriz
--****
--Pues la que salió interpretando a X en la película tal, y a Y en tal otra peli, etc...

No niego que muchas veces me quedo con la duda de si me están tomando el pelo o no. De cualquier forma, ayer que estábamos viendo “Thor”, pasada más de media película algo me hizo preguntarle a Elizabeth: “la protagonista, ¿es Natalie Portman?”.

Y es que descubrí que la técnica de las orejas sí es efectiva… siempre y cuando algo me haya hecho fijarme previamente en ellas. Que fue el caso con Natalie Portman, de quien reparé en sus orejas a partir de que personificara a la reina Amidala en la saga de “La guerra de las galaxias. Tenía curiosidad de saber por qué en casi todas las escenas sale con peinados que le cubren las orejas y me preguntaba si las tendría muy feas. Resultó que tienen una forma muy peculiar, muy afiladas hacia abajo y casi sin lóbulo...



Así que de ahora en adelante trataré de disimular el estar buscando rasgos distintivos en las orejas de mis conocidos, y ruego a mis ciberamigos sean tolerantes si alguna vez se topan conmigo, pues una foto o un avatar desorejado no me ayudará a reconocerlos.

sábado, 14 de mayo de 2011

Hoja en blanco,
el haiku no florece.
Musas ausentes.

Mi musa se fue nuevamente a recorrer el mundo sin dejar agendado su regreso. Y esta vez no me dejó ni siquiera un vale, como la penúltima ocasión que anduvo de gira. Ahora sólo hubo una frase: "atiende la vida tranquila".

Y como me sigo resistiendo a fusilarme a mí mismo reciclando textos ya publicados en otros lados, a eso me he dedicado estas últimas semanas que he pasado sin escribir ni un tercetito. Observo sin juzgar, sin pretender describir ni obligarme a escribir sobre lo que presencio.

Así que he reencontrado algunas viejas pasiones. El teatro, por ejemplo. Y no es porque alguna vez hubiera actuado en serio: mi experiencia en los escenarios no va más allá de haber participado en una obra infantil en la que daba vida a un guiñol de un campesino revoltoso contra su rey. Fue una experiencia gratificante durante la temporada de doce representaciones, alguna vez estaba esperando que el muñequito empezara a decir su parlamento él solo...

Algo se me quedó de lo que aprendí sobre el manejo de los muñecos, y sobre hacerles historias. Todos los juguetes que llegan a la casa reciben su nombre, y según la personalidad que traigan se integran en las aventuras de los que llegaron antes. El más reciente fue precisamente un peluche guiñol, el "Greasly", a quien les presento el siguiente video: