De "El canto del pájaro", Anthony de Mello

El discípulo se quejaba constantemente a su maestro:

«No haces más que ocultarme

el secreto último del Zen».

Y se resistía a creer sus negativas.

Un día, el Maestro lo llevó a pasear por el monte.
Mientras andaban, oyeron cantar a un pájaro.


«¿Has oído el canto de ese pájaro?»,
le preguntó el Maestro.

«Sí», respondió el discípulo.
«Bien; ahora ya sabes que
no te he estado ocultando nada».

«Sí», asintió el discípulo.

domingo, 27 de septiembre de 2015

El año de Saeko, Kyoishi Katayama



«[…] Noche tras noche, su llanto llegaba a los oídos de Shun’ichi, que vivía al otro lado de la pared. Más que de un sollozo, se trataba de algo muy leve que, si no se prestaba atención, apenas se distinguía del silencio. Sin embargo, al advertirlo, Shun’ichi sentía que el sollozo de la mujer ocupaba todos los rincones de su cuarto y, cada vez que lo percibía, murmuraba: "¡Vaya! ¡Ya está llorando otra vez!".
            Por lo general, el sollozo se alzaba antes de medianoche. Shun’ichi jamás pudo descubrir en qué momento o cómo comenzaba. Pero, una vez lo oía, sentía que lo conocía desde siempre. Era como el rumor de la lluvia: no excitaba sus nervios y, oyéndolo, acababa durmiéndose. Por la mañana, al levantarse, no se oía nada en el apartamento de al lado. Pero no estaba vacío: quedaban señales de la presencia de alguien. “Seguro que, de madrugada, se habrá dormido llorando”, se decía Shun’ichi, como si la mujer fuese un animal nocturno. Mientras tomaba las tostadas y el café del desayuno ante una ventana abierta por donde no entraba el aire, el piso vecino seguía en silencio.
            Cuando estaba en la empresa, Shun’ichi se olvidaba por completo de la mujer. Tampoco en el camino de vuelta sentía excitación alguna al pensar en el llanto de medianoche. Sólo que, una vez en casa, se había habituado ya a aguzar el oído a los ruidos que provenían del piso vecino. Había ocasiones en que aguardaba con el corazón en vilo a que se alzara el llanto y se decía a sí mismo, medio sorprendido, medio avergonzado: “¡Acechando de este modo parezco un criminal!”. Apenas lograba representarse el rostro de la mujer. Sólo recordaba que parecía un poco más joven que él. Jamás la había visto como perteneciente al otro sexo. Sin embargo, a partir del instante en que oyó aquel sollozo, adquirió una conciencia casi asfixiante de la sexualidad de la mujer de al lado.
            El llanto quedo de la mujer atravesaba la vida de Shun’ichi de una manera quieta, pero sus oídos sensibilizados fueron detectando, poco a poco, los actos de su vecina. El conocimiento que tenía Shun’ichi del piso suplía la levedad de los sonidos y avivaba su poder de evocación. Era un apartamento barato y el ruido del agua de la cisterna del váter le llegaba con claridad y le hacía tomar conciencia del cuerpo de la mujer. A veces, a medianoche, cuando oía girar el tambor de la lavadora, rezongaba: “¡Qué diablos estará haciendo ésa a estas horas!”. No obstante, contradiciendo la rudeza de sus palabras, su corazón se llenaba de afecto y proximidad hacia ella. Y a la mañana siguiente, antes de ir a la empresa, cuando penetraba en el callejón trasero y alzaba los ojos hacia el piso de la mujer, las cortinas permanecían cerradas, pero, en el tendedero de la ventana, oculta tras una toalla, colgaba en silencio una discreta ropa interior.
            “Algo me hacía presentir nuestro encuentro”, se diría Shun’ichi más adelante volviendo sus ojos hacia el pasado. A medida que iba oyendo, noche tras noche, el sollozo del piso contiguo, a medida que éste iba impregnando toda su vida, empezó a desear entregarse a ella, y que ella se entregara a él, y acabó medio enamorándose de una mujer a la que apenas conocía. Para ser exactos, se enamoró de un sollozo. Ni más ni menos. Cierto, pero…»



Katayama, Kyoishi: El año de Saeko,
México, Alfaguara, 2006, pp. 40-41.


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