De "El canto del pájaro", Anthony de Mello

El discípulo se quejaba constantemente a su maestro:

«No haces más que ocultarme

el secreto último del Zen».

Y se resistía a creer sus negativas.

Un día, el Maestro lo llevó a pasear por el monte.
Mientras andaban, oyeron cantar a un pájaro.


«¿Has oído el canto de ese pájaro?»,
le preguntó el Maestro.

«Sí», respondió el discípulo.
«Bien; ahora ya sabes que
no te he estado ocultando nada».

«Sí», asintió el discípulo.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Sol en las plantas.
La nube gris eclipsa
a la blanca.

martes, 20 de septiembre de 2016

Luz entre celajes.
De la luna al oriente
Al sur, relámpagos.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Cae sobre el lomo
el libro que resbala
del banco verde.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Menú sin sopa.
El borde del mantel
se deshilacha.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Noche silente.
Al caer rebota el pote
y luego rueda ...

martes, 13 de septiembre de 2016

Palabras de escritor: Goran Petrovic



«La respuesta es sencilla: durante la escritura, ya sea un cuento o una novela, trato de plasmar todas las emociones que siento en ese momento. Cuando ya no siento nada, entonces sé que el manuscrito está terminado.
Pero también me gusta la sensación del entretenimiento y la diversión mientras escribo. Dudo que alguien que lee una obra se divierta si el mismo escritor no se divirtió mientras escribía.»


Goran Petrovic, entrevistado por Édgar Velazco en el número 55 de la revista Luvina 
(Universidad de Guadalajara, Verano del 2009,
pp. 148-150 (87 del

viernes, 9 de septiembre de 2016

Luz vespertina.
Restalla un elástico
sobre piel húmeda.

lunes, 8 de agosto de 2016

Conserva su olor
la mancha de mostaza
en la camisa.

lunes, 18 de julio de 2016

Lazos vacíos.
Sólo un bicho secándose
cabeza abajo.

 

domingo, 10 de julio de 2016

Papel manchado.
Las pastas de cartón
llenas de arrugas.

sábado, 18 de junio de 2016

Tarde nublada.
Chirría el pasador
del portón negro.

jueves, 9 de junio de 2016

Vaivén de hamacas.
Flota en la brisa tibia
olor a café.

sábado, 4 de junio de 2016


Noche de grillo.
Cae la luz de la luna
sobre la almohada.

viernes, 3 de junio de 2016

Moravia: El desprecio

«Pero en aquel momento, su desnudez se me apareció inmensa, como si el mar y el cielo le hubiesen prestado algo de su inmensidad. En la posición supina, los senos tenían un relieve incierto, de una turgencia musculosa y estirada. Pero a mis ojos se mostraron grandes en su contorno, grandes en su volumen, grandes en el círculo rosado de los pezones. Igualmente las caderas, que se ensanchaban con una amplitud cómoda y potente; y el vientre, que parecía acoger en su orbe de carne toda la luz del sol; y las piernas, que, más bajas que el resto del cuerpo a causa de la pendiente, parecían, por el contrario, estiradas hacia abajo por su peso y por su longitud. Me pregunté de pronto de dónde me llegaba aquella sensación de grandeza y de potencia, tan profunda y perturbadora. Y entonces comprendí que brotaba de mi deseo, despertado de manera imprevista. Un deseo no tanto físico cuanto espiritual, pese a su rapidez y urgencia, de unirme a ella, pero no con su cuerpo, dentro del cuerpo, sino a través de su cuerpo. En suma, tenía hambre de ella; pero la satisfacción de aquella hembra no dependía de mí, sino sólo de ella, de un consentimiento de ella que saliera al encuentro de mi hambre. Y yo sentía que ella me negaba aquel consentimiento, aunque, por un engaño de la vista, pareciese, desnuda como estaba, ofrecerse a mí.»

Moravia, Alberto, "El desprecio",
Barcelona, Plaza y Janes, 1983, pp. 197-198

sábado, 21 de mayo de 2016

El desprecio, Alberto Moravia



« […] Esta vez, ella se desasió de mí con dos o tres gestos enérgicos y simples, se puso de pie y, como decidiéndose de pronto, dijo sin pudor alguno:

—Si quieres que hagamos el amor, hagámoslo de una vez, pero no me hagas daño. No puedo sufrir el sentirme estrechada de este modo.

Quedé sin aliento. Aquella voz, su tono era realmente frío —no pude por menos de pensar—, práctico, sin participación sentimental alguna. Por un momento permanecí quieto, sentado en la cama, con las manos cogidas y la cabeza baja. Luego me llegó de nuevo su voz:

—Bueno, ¿quieres que lo hagamos o no?

Dije sin levantar la cabeza:

—Sí, quiero —en voz baja.

No era cierto, no la deseaba ya, pero quería sufrir hasta el fin aquella nueva y extraña sensación de alienamiento. Oí que ella me decía:

—Muy bien —y luego la oí andar en torno a la cama, a mis espaldas. Sólo tenía que quitarse la camisa (pensé), y me acordé de que antes había contemplado este simple acto con ojos encandilados, como el ladrón del cuento cuando, una vez pronunciada la palabra mágica, ve abrirse lentamente la puerta de la cueva, que le revela el esplendor de maravillosos tesoros. Pero esta vez no quise mirar, porque comprendí que la habría contemplado con ojos distintos, no ya infantiles y puros, aunque anhelantes, sino crueles e indignos de ella y de mí, a causa de su indiferencia. Permanecí en la misma posición en que me encontraba, con la cabeza inclinada y las manos en las rodillas. Poco después noté que los muelles del colchón se hundían lentamente, pues ella subía a la cama y se tumbaba sobre la colcha. Oí luego algún ruido más, como el del que se acomoda, y luego dijo ella, siempre con aquella horrible voz nueva:
 —Ven. ¿Qué esperas?

No me volví ni me moví. Pero me pregunté de pronto si siempre habían sido así nuestras relaciones. Sí —me contesté enseguida—, siempre habían sido poco más o menos así. Ella siempre se había desnudado y se había tendido en la cama. ¿Cómo habría podido ser de otra forma? Pero, al mismo tiempo, todo había sido distinto, Jamás antes había mostrado aquella docilidad mecánica, fría, impartícipe, que se traslucía en el tono de su voz e incluso de los crujidos del muelle de la cama y de la ropa al ser comprimida. Antes, todo se desarrollaba como en una nube de rapidez inspirada, de inconsciencia embriagada, de complicidad arrebatada. Ocurre a veces, cuando la mente se halla distraída por cualquier pensamiento profundo, que se deja un objeto cualquiera, un libro, un cepillo, un zapato, no se sabe dónde, y luego, una vez ha cesado la distracción, se busca en vano durante horas y, al fin, se encuentra en los sitios más singulares, casi inconcebibles, tanto, que a veces se requiere un esfuerzo físico para llegar a ellos. Así me había ocurrido a mí con el amor hasta entonces.
Todo se había desarrollado siempre en una veloz, embriagada y encantada distracción, y siempre me había encontrado entre los brazos de Emilia casi sin poder recordar cómo había ocurrido y qué había hecho entre el momento en que nos habíamos sentado el uno frente al otro, tranquilos y sin deseos, y el instante en que nos encontrábamos apretados en el abrazo final.
Ahora faltaba por completo esta distracción en ella y, por tanto, también en mí. Ahora habría podido observar con ojo frío, aunque excitado, sus gestos, de la misma forma que ella, sin duda, habría podido, a su vez, observar los míos. De pronto, la sensación que se delineaba cada vez más clara en mi ánimo, rabioso y disgustado, adoptó el carácter de una imagen precisa: ya no me encontraba frente a la mujer que amaba y que me amaba, sino más bien frente a una prostituta algo impaciente e inexperta, que se aprestaba a someterse pasivamente a mi posesión y que sólo esperaba que fuese breve y la cansara poco. Por un momento tuve ante mis ojos esta imagen como una aparición, y luego sentí que —por así decirlo— desaparecía de mi vida para dar la vuelta, quedar a mis espaldas y formar un todo con Emilia, tumbada detrás de mí en la cama. En el mismo instante, me puse de pie, siempre sin volverme, y dije:

—No importa. Ya no tengo ganas... Me iré a dormir a la sala de estar. Tú quédate aquí —y, de puntillas, me dirigí hacia la puerta de la sala.»


Moravia, Alberto: El desprecio,
Barcelona, Plaza y Janés, 1983, pp. 34-36