De "El canto del pájaro", Anthony de Mello

El discípulo se quejaba constantemente a su maestro:

«No haces más que ocultarme

el secreto último del Zen».

Y se resistía a creer sus negativas.

Un día, el Maestro lo llevó a pasear por el monte.
Mientras andaban, oyeron cantar a un pájaro.


«¿Has oído el canto de ese pájaro?»,
le preguntó el Maestro.

«Sí», respondió el discípulo.
«Bien; ahora ya sabes que
no te he estado ocultando nada».

«Sí», asintió el discípulo.

martes, 22 de mayo de 2018

sólo aromas
quedan detrás del vidrio
recién lavado.

Los héroes felices, Vera Kaiser


« La fascinación que sentía Eleni por aquellos mamotretos gordísimos e incomprensibles era todo un misterio para Lefti. Con lo temperamental que era la chica…, incapaz de quedarse sentada quieta cuando uno quería hablar con ella, siempre brincando de un lado para otro y cambiando de tema sin cesar. Durante tres años, había ido a la estricta escuela femenina del valle, donde el principal objetivo era preparar a las chicas para las tareas del hogar, pero donde ella no había aprendido nada excepto a elaborar sus respuestas con más gracia y mejor retórica para llevar la contraria a los mayores. Tal y como Lefti esperaba, llego un momento en que le expulsaron. »

Kaiser, Vera: Los héroes felices.
México, 2016, Alianza Editorial (Alianza de novelas), p. 68

jueves, 10 de mayo de 2018

SIlencio, Shusku Endo


« […] hasta dónde puede llegar la indiferencia del hombre por el hombre. Sí… Pecado no es, como se piensa de ordinario, eso de robar o decir mentiras, no. Pecado es que un hombre pase sobre la vida de otro hombre olvidando las huellas que ha dejado en él. »

Endo, Shusaku: Silencio.
Barcelona, Edhasa (narrativa histórica), 2017. p. 114.

lunes, 7 de mayo de 2018

Ritmo silente
El vaivén del cuchillo
sobre la tabla

viernes, 4 de mayo de 2018

Edith Pearlman, Miel del desierto


« [Alice] estaba desnuda antes de que el suéter liberara la cabeza de Richard. Y así, recostada, con los muslos desnudos cruzados contra su propio deseo, observaba el resto del desnudamiento, el cuidadoso plegado de las prendas. A veces lo de cruzar los mulsos no le funcionaba, y había de rendirse a una primera delicia mientras él se afanaba colocando la chaqueta en el respaldo de la silla. No hoy, sin embargo. Hoy se las arregló para mantenerse distante, como buena profesora que era, y esperó hasta que su cuerpo quedó cubierto por el igualmente disciplinado cuerpo de él; Abrió las piernas; y a continuación la profesora solterona y el médico erudito se descargaron de sus personalidades exteriores, se juntaron, rodaron, volvieron a rodar, luchando cada cual por incorporarse en el otro, por hacerse uno solo, por integrar un nuevo organismo que sólo deseara hacerse el amor a sí mismo durante todo el día. Quizá alguna tarde les mudara la piel, a ellos o al nuevo organismo, les salieran alas, echaran a volar, […] »

Pearlman, Edith: Miel del desierto. México, 2017.
Alianza Editorial (alianza de novelas), pp. 304-305.

jueves, 26 de abril de 2018

Espera a ver, Edith Pearlman


«Entonces la besó, y ella le acarició la cadera con la rodilla, gesto que no puede efectuarse si ambos participantes no están acostados de lado y frente a frente. Y estaban acostados de lado y frente a frente —con Lyle en el colegio— y por tanto la caricia imposible en otras circunstancias ahora sí era posible, probable, necesaria, inevitable, aunque quién habría querido evitar el profundo estremecimiento que ambos sintieron cuando se saludaron sus articulaciones. Luego, Marcus entró en aquella encantadora mujer.»

Pearlman, Edith: “Espera a ver”, en Miel del desierto.
México, 1917, Alianza Editorial (alianza de novelas), p. 227.

miércoles, 11 de abril de 2018

Miel del desierto, Edith Pearlman


« […] “Mi Conseguidora de Guardia”, decía él más tarde, lamiéndole la parte baja de la barbilla, los labios exteriores, el hueco de las rodillas; y cada vez que él la lamía, donde fuera, sus volatineros interiores se ponían a dar volteretas, sin parar, hasta unirse en un orgasmo estremecedor. La rapidez del efecto era la misma si le lamía el lóbulo de la oreja en un taxi. Jamie dijo que un año más tarde se le ocurrió que su lengua, su propia lengua, también podía desempeñar tan práctico oficio, y, sola en un ascensor, apretó la cara interna de la muñeca contra sus labios abiertos y conoció la sal de su piel y la fibra de sus tendones, mmm, ah. »

Pearlman, Edith: “Su prima Jamie”,
en Miel del desierto, México, Alianza Editorial (AdeN Alianza de novelas), 2017, p. 81.

domingo, 25 de marzo de 2018

Muchos zumbidos.
La mosca atrapada
en la basura.

martes, 20 de marzo de 2018

En sobremesa
el calor del platillo
quedó en el mantel.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Brillan los libros
en la tele apagada...

(Falta una línea para el haiku, ¿sugerencias?)

Pronta a florear
se enreda en sí misma
la enredadera.

lunes, 12 de marzo de 2018

Dedos perfumados.
Deshojando la rama
para la infusión.

jueves, 8 de marzo de 2018

Nueve de marzo.
Sigue sin florecer
la jacaranda.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Truenos cercanos.
La semilla voladora
flota en el agua.

jueves, 1 de marzo de 2018

Brillos danzantes
el reflejo de la alberca
en la pared