De "El canto del pájaro", Anthony de Mello

El discípulo se quejaba constantemente a su maestro:

«No haces más que ocultarme

el secreto último del Zen».

Y se resistía a creer sus negativas.

Un día, el Maestro lo llevó a pasear por el monte.
Mientras andaban, oyeron cantar a un pájaro.


«¿Has oído el canto de ese pájaro?»,
le preguntó el Maestro.

«Sí», respondió el discípulo.
«Bien; ahora ya sabes que
no te he estado ocultando nada».

«Sí», asintió el discípulo.

lunes, 8 de agosto de 2016

Conserva su olor
la mancha de mostaza
en la camisa.

lunes, 18 de julio de 2016

Lazos vacíos.
Sólo un bicho secándose
cabeza abajo.

 

domingo, 10 de julio de 2016

Papel manchado.
Las pastas de cartón
llenas de arrugas.

sábado, 18 de junio de 2016

Tarde nublada.
Chirría el pasador
del portón negro.

jueves, 9 de junio de 2016

Vaivén de hamacas.
Flota en la brisa tibia
olor a café.

sábado, 4 de junio de 2016


Noche de grillo.
Cae la luz de la luna
sobre la almohada.

viernes, 3 de junio de 2016

Moravia: El desprecio

«Pero en aquel momento, su desnudez se me apareció inmensa, como si el mar y el cielo le hubiesen prestado algo de su inmensidad. En la posición supina, los senos tenían un relieve incierto, de una turgencia musculosa y estirada. Pero a mis ojos se mostraron grandes en su contorno, grandes en su volumen, grandes en el círculo rosado de los pezones. Igualmente las caderas, que se ensanchaban con una amplitud cómoda y potente; y el vientre, que parecía acoger en su orbe de carne toda la luz del sol; y las piernas, que, más bajas que el resto del cuerpo a causa de la pendiente, parecían, por el contrario, estiradas hacia abajo por su peso y por su longitud. Me pregunté de pronto de dónde me llegaba aquella sensación de grandeza y de potencia, tan profunda y perturbadora. Y entonces comprendí que brotaba de mi deseo, despertado de manera imprevista. Un deseo no tanto físico cuanto espiritual, pese a su rapidez y urgencia, de unirme a ella, pero no con su cuerpo, dentro del cuerpo, sino a través de su cuerpo. En suma, tenía hambre de ella; pero la satisfacción de aquella hembra no dependía de mí, sino sólo de ella, de un consentimiento de ella que saliera al encuentro de mi hambre. Y yo sentía que ella me negaba aquel consentimiento, aunque, por un engaño de la vista, pareciese, desnuda como estaba, ofrecerse a mí.»

Moravia, Alberto, "El desprecio",
Barcelona, Plaza y Janes, 1983, pp. 197-198

sábado, 21 de mayo de 2016

El desprecio, Alberto Moravia



« […] Esta vez, ella se desasió de mí con dos o tres gestos enérgicos y simples, se puso de pie y, como decidiéndose de pronto, dijo sin pudor alguno:

—Si quieres que hagamos el amor, hagámoslo de una vez, pero no me hagas daño. No puedo sufrir el sentirme estrechada de este modo.

Quedé sin aliento. Aquella voz, su tono era realmente frío —no pude por menos de pensar—, práctico, sin participación sentimental alguna. Por un momento permanecí quieto, sentado en la cama, con las manos cogidas y la cabeza baja. Luego me llegó de nuevo su voz:

—Bueno, ¿quieres que lo hagamos o no?

Dije sin levantar la cabeza:

—Sí, quiero —en voz baja.

No era cierto, no la deseaba ya, pero quería sufrir hasta el fin aquella nueva y extraña sensación de alienamiento. Oí que ella me decía:

—Muy bien —y luego la oí andar en torno a la cama, a mis espaldas. Sólo tenía que quitarse la camisa (pensé), y me acordé de que antes había contemplado este simple acto con ojos encandilados, como el ladrón del cuento cuando, una vez pronunciada la palabra mágica, ve abrirse lentamente la puerta de la cueva, que le revela el esplendor de maravillosos tesoros. Pero esta vez no quise mirar, porque comprendí que la habría contemplado con ojos distintos, no ya infantiles y puros, aunque anhelantes, sino crueles e indignos de ella y de mí, a causa de su indiferencia. Permanecí en la misma posición en que me encontraba, con la cabeza inclinada y las manos en las rodillas. Poco después noté que los muelles del colchón se hundían lentamente, pues ella subía a la cama y se tumbaba sobre la colcha. Oí luego algún ruido más, como el del que se acomoda, y luego dijo ella, siempre con aquella horrible voz nueva:
 —Ven. ¿Qué esperas?

No me volví ni me moví. Pero me pregunté de pronto si siempre habían sido así nuestras relaciones. Sí —me contesté enseguida—, siempre habían sido poco más o menos así. Ella siempre se había desnudado y se había tendido en la cama. ¿Cómo habría podido ser de otra forma? Pero, al mismo tiempo, todo había sido distinto, Jamás antes había mostrado aquella docilidad mecánica, fría, impartícipe, que se traslucía en el tono de su voz e incluso de los crujidos del muelle de la cama y de la ropa al ser comprimida. Antes, todo se desarrollaba como en una nube de rapidez inspirada, de inconsciencia embriagada, de complicidad arrebatada. Ocurre a veces, cuando la mente se halla distraída por cualquier pensamiento profundo, que se deja un objeto cualquiera, un libro, un cepillo, un zapato, no se sabe dónde, y luego, una vez ha cesado la distracción, se busca en vano durante horas y, al fin, se encuentra en los sitios más singulares, casi inconcebibles, tanto, que a veces se requiere un esfuerzo físico para llegar a ellos. Así me había ocurrido a mí con el amor hasta entonces.
Todo se había desarrollado siempre en una veloz, embriagada y encantada distracción, y siempre me había encontrado entre los brazos de Emilia casi sin poder recordar cómo había ocurrido y qué había hecho entre el momento en que nos habíamos sentado el uno frente al otro, tranquilos y sin deseos, y el instante en que nos encontrábamos apretados en el abrazo final.
Ahora faltaba por completo esta distracción en ella y, por tanto, también en mí. Ahora habría podido observar con ojo frío, aunque excitado, sus gestos, de la misma forma que ella, sin duda, habría podido, a su vez, observar los míos. De pronto, la sensación que se delineaba cada vez más clara en mi ánimo, rabioso y disgustado, adoptó el carácter de una imagen precisa: ya no me encontraba frente a la mujer que amaba y que me amaba, sino más bien frente a una prostituta algo impaciente e inexperta, que se aprestaba a someterse pasivamente a mi posesión y que sólo esperaba que fuese breve y la cansara poco. Por un momento tuve ante mis ojos esta imagen como una aparición, y luego sentí que —por así decirlo— desaparecía de mi vida para dar la vuelta, quedar a mis espaldas y formar un todo con Emilia, tumbada detrás de mí en la cama. En el mismo instante, me puse de pie, siempre sin volverme, y dije:

—No importa. Ya no tengo ganas... Me iré a dormir a la sala de estar. Tú quédate aquí —y, de puntillas, me dirigí hacia la puerta de la sala.»


Moravia, Alberto: El desprecio,
Barcelona, Plaza y Janés, 1983, pp. 34-36

viernes, 19 de febrero de 2016

Sueño ligero.
No encuentro la almohada
entre las mantas.

o bien

Sueño ligero.
La almohada perdida
entre las mantas

domingo, 31 de enero de 2016

La misteriosa llama de la reina Loana, Umberto Eco



«En el baño me vi en el espejo,. Por lo menos, estaba bastante seguro de que era yo porque los espejos, ya se sabe, reflejan lo que tienen delante. Una cara blanca y hundida, con la barba larga, un par de ojeras tamaño natural. Qué bien vamos, no sé quién soy y descubro que soy un monstruo. No me gustaría toparme conmigo por la noche en una calle desierta. […]
–Parece que aquí hay una persona normal –observé–, lo que pasa es que a lo mejor no soy yo.»

Eco, Umberto: La misteriosa llama de la reina Loana.
México, Random House Mondadori, (Debolsillo, Novela ilustrada) 2006, pp. 16-17.

lunes, 25 de enero de 2016

Gogol, siempre Gogol (Las almas muertas)



«—Me da envidia oírle—dijo el visitante.—Enséñeme a divertirme como lo hace usted.
—¿Por qué estar aburrido? ¡Caramba¡—respondió el caballero gordo.
—¿Por qué estar aburrido? Porque la vida es aburrida.
—No come usted lo bastante, eso es todo. Debía probar el efecto de una comida adecuada. Es una nueva moda que han inventado, eso de aburrirse; en otros tiempos, nadie se aburría.
—¡Basta de jactancias! ¿Quiere usted decirme que nunca se ha sentido aburrido?
—¡Nunca en mi vida! No sé cómo es, pues yo no tengo tiempo para aburrirme. Uno se despierta por la mañana: se ha de tomar el té, ¿sabe?, y luego hay que hablar con el administrador; después voy a pescar y ya es hora de comer; después de la comida, apenas si le queda a uno un rato para la siesta cuando viene la cena, y luego sube el cocinero y tengo que darle órdenes para la comida del día siguiente. ¿Qué tiempo me queda para aburrirme?»


Gogol, Nicolás: Las almas muertas,
Libro II, Cap. 3

martes, 19 de enero de 2016

Insisto en que Gogol me retrata...



«Unas dos horas antes de la de la comida, Andrey Ivanovitch entraba en su escritorio para ponerse a trabajar seriamente, y seria era, por cierto, su ocupación. Consistía en meditar una obra que había estado considerando desde hacía mucho tiempo. Esta obra había de ser […] en fin, una obra de tremenda transcendencia. Pero hasta ahora la colosal empresa no había pasado de la etapa de las meditaciones: la pluma se mordía, aparecían en el papel unos bosquejos, y después se dejaba todo a un lado, sustituyéndose por un libro que ya no había de soltarse hasta la hora de comer. El libro se leía con la sopa, con el asado y la salsa, y aun con el pudín y, por consiguiente, algunos platos se enfriaban y otros se devolvían sin probar. Luego aparecía el café, que se saboreaba con la pipa, y, por fin, Andrey Ivanovitch jugaba consigo mismo un partido de ajedrez. Qué hacía después hasta la hora de cenar, es verdaderamente difícil determinarlo. Creo que sencillamente no hacía nada.»


Nicolás Gogol, "Las almas muertas".
Libro II, Cap. 1