«De
la fotografía, a Alice le gustaba más el gesto que el resultado; le gustaba
abrir la recámara, insertar un nuevo carrete, desenrollar la película unos centímetros
e introducirla en los dientes de la guía, pensar que aquella cinta virgen se
llenaría pronto de cosas y no saber cuáles, tomar las primeras fotos al tuntún,
encuadrar, enfocar, inclinarse adelante o atrás, incluir o excluir a su antojo
partes de realidad, ampliar, deformar las imágenes...
Cada
vez que apretaba el disparador y oía el clic y el leve rumor que lo seguía, se
acordaba de cuando era niña y cazaba saltamontes en el jardín de la casa de
montaña. Con las fotos hacía lo mismo, pensaba: atrapar el tiempo en su salto
de un instante al siguiente y fijarlo en el celuloide.»
Giordano, Paolo: La
soledad de los números primos.
Barcelona,
Salamandra (Letras de bolsillo), 2011, p. 129.