De "El canto del pájaro", Anthony de Mello

El discípulo se quejaba constantemente a su maestro:

«No haces más que ocultarme

el secreto último del Zen».

Y se resistía a creer sus negativas.

Un día, el Maestro lo llevó a pasear por el monte.
Mientras andaban, oyeron cantar a un pájaro.


«¿Has oído el canto de ese pájaro?»,
le preguntó el Maestro.

«Sí», respondió el discípulo.
«Bien; ahora ya sabes que
no te he estado ocultando nada».

«Sí», asintió el discípulo.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Robando cocos--- (continuación de "Cuatomates")

No resistí la tentación de comer más de los cuatomates que encontré, (Vea la entrada anterior: "Cuatomates") pero los mejores racimos están fuera de mi alcance. Entre el poste que sostiene la malla ciclónica y la pared apenas queda una rendija por la que sólo cabe mi mano.
. Como me sentiría muy ridículo (como en aquel corto de Laurel y Hardy en que tratan de sacar una moneda de una alcantarilla... ¿por qué ya no los programan en ningún canal?) metiendo un alambre para jalar la planta (además de que no es mi intención lastimarla), sólo me queda el recurso de brincar la cerca... cosa que no he hecho desde hace tantos años que mejor no los cuento para no deprimirme.
. Esto viene a cuento porque al imaginarme haciendo desfiguros arriba del endeble enmallado (eso sin pensar en una posible caída al entrar o al salir) recordé algunas de las locuras que cometía en mis tiempos de preparatoriano despreocupado e imprudente, cuando me la pasaba haciendo todas esas cosas que ahora le digo a mi hija que no se deben hacer... como salirse de "pinta" de la escuela.
. Pues no están ustedes para saberlo, pero yo sí para contarlo, que una de tantas veces que preferimos salir a correr aventuras en vez de tomar las clases, íbamos la pandilla de los cuatro mocosos de siempre, ¡y que se nos atraviesa una huerta de cocos con la reja abierta!, ¡y sin guardián a la vista! No tardamos en dar con una prometedora palmera: baja (de unos cinco o seis metros de alto) y cargadísima de cocos ya maduros.
. Decidimos que la mejor manera de alcanzarlos era que yo (el más delgado de los cuatro) me subiría sobre los hombros de dos de los amigos y así alcanzar la altura suficiente para poder abrazar el tronco y empezar a trepar. Justo estaba empezando la maniobra cuando apareció el huertero, enojadísimo y machete en mano gritando todas las groserías veracruzanas del repertorio (en México los veracruzanos tenemos fama de mal hablados).
. Del susto los dos sobre los que me apoyaba salieron corriendo, dejándome literalmente colgado de la brocha. Caí sentado, con apenas el tiempo suficiente para verificar que no tenía ningúna lesión aparente antes de emprender la huida, y sin ningún coco, por cierto.
. ¿El resultado?, como a los seis meses, al estar sentado frente al restirador por varias horas haciendo las tareas de dibujo técnico, comencé a sufrir de una molesta sensación en la espalda: una vértebra dorsal desviada, producto de aquella caída y que requirió algún tiempo de terapia para volverla a acomodar en su lugar, además de un regaño supremo cuando tuve que confesar a mis padres el origen de la lesión.
. ¿Valdrá la pena correr otra vez ese riesgo por unos ricos cuatomates?... lo pensaré.

3 comentarios:

ALMA dijo...

Quizás por los cuatomates no, pero si valdrá la pena por esa emoción de lo prohibido, por esa sensación de ser aún un niño y disfrutar con todo.

Saludos

Angela dijo...

¡Cuatomates! ¡Cuatomates!
¿Y no sería más fácil cortar la malla? ... ¡¿Y qué tal invitar a tu hija a las malas andanzas?! Porque dicen que de tal palo, tal astilla. ¿O no estás interesado en compartir el botín?

Zarela dijo...

esa fruta aquí en Chile debe tener otro nombre, pero me imagino que debe ser deliciosa, el riesgo por el placer es algo muy conmovedor, no debemos perder lo aventureros y arriesgarnos a obtener aquello que nos place siempre y cuando no arriesguemos a quienes amamos. Me gustó el relato