De "El canto del pájaro", Anthony de Mello

El discípulo se quejaba constantemente a su maestro:

«No haces más que ocultarme

el secreto último del Zen».

Y se resistía a creer sus negativas.

Un día, el Maestro lo llevó a pasear por el monte.
Mientras andaban, oyeron cantar a un pájaro.


«¿Has oído el canto de ese pájaro?»,
le preguntó el Maestro.

«Sí», respondió el discípulo.
«Bien; ahora ya sabes que
no te he estado ocultando nada».

«Sí», asintió el discípulo.

lunes, 23 de marzo de 2009

El Rincón se une al homenaje...

por el décimo aniversario luctuoso de Jaime Sabines


¡Que risueño contacto!

¡Qué risueño contacto el de tus ojos,
ligeros como palomas asustadas a la orilla
del agua!
!Qué rápido contacto el de tus ojos
con mi mirada!

¿Quién eres tú? !Qué importa!
A pesar de ti misma,
hay en tus ojos una breve palabra
enigmática.
No quiero saberla. Me gustas
mirándome de lado, escondida, asustada.
Así puedo pensar que huyes de algo,
de mí o de ti, de nada,
de esas tentaciones que dicen que persiguen
a la mujer casada.

Jaime Sabines

viernes, 20 de marzo de 2009

If I had a Hammer

Relax musical
:)


If I Had a Hammer - The Five Blind Boys of Alabama

Añoranza

Sólo tus flores
se ausentaron siempre
de mi florero

basado en Little Broken, de Jaderoses
http://www.predicado.com/articulo.php?id=247302

y yo me pregunto...

Si el olfato es el sentido que despierta los recuerdos y las emociones más vívidas e intensas... ¿por qué será que nos impulsan a vivir en un mundo cada vez más deodorizado?
Evitamos los olores de nuestros cuerpos, de nuestras casas, y en su lugar compramos aromatizadores y desodorantes... ¿Será un "compló" para que uniformemos nuestras emociones?

miércoles, 11 de marzo de 2009

cuento semi zen

Estaba un sabihondo presumiendo sus conocimientos ante sus discípulos.

A todos ellos les preguntaba: "si naufragaras en una isla desierta, y sólo pudieras conservar uno, ¿cuál sería EL LIBRO que escogerías?"

Y destrozaba con críticas feroces las obras elegidas, señalando todos y cada uno de sus errores y deméritos.

Los discípulos quedaban deslumbrados por la sabiduría del maestro.

"Yo llevaría un cuaderno para escribir", dijo el novato y se alejó.

Pasos en la azotea

siento "ñáñaras"
anda la hormiguita
sobre mi nuca

viernes, 6 de marzo de 2009

Optimismo

cola inquieta
del perrito sin dueño
que busca hogar

miércoles, 4 de marzo de 2009

Robando cocos--- (continuación de "Cuatomates")

No resistí la tentación de comer más de los cuatomates que encontré, (Vea la entrada anterior: "Cuatomates") pero los mejores racimos están fuera de mi alcance. Entre el poste que sostiene la malla ciclónica y la pared apenas queda una rendija por la que sólo cabe mi mano.
. Como me sentiría muy ridículo (como en aquel corto de Laurel y Hardy en que tratan de sacar una moneda de una alcantarilla... ¿por qué ya no los programan en ningún canal?) metiendo un alambre para jalar la planta (además de que no es mi intención lastimarla), sólo me queda el recurso de brincar la cerca... cosa que no he hecho desde hace tantos años que mejor no los cuento para no deprimirme.
. Esto viene a cuento porque al imaginarme haciendo desfiguros arriba del endeble enmallado (eso sin pensar en una posible caída al entrar o al salir) recordé algunas de las locuras que cometía en mis tiempos de preparatoriano despreocupado e imprudente, cuando me la pasaba haciendo todas esas cosas que ahora le digo a mi hija que no se deben hacer... como salirse de "pinta" de la escuela.
. Pues no están ustedes para saberlo, pero yo sí para contarlo, que una de tantas veces que preferimos salir a correr aventuras en vez de tomar las clases, íbamos la pandilla de los cuatro mocosos de siempre, ¡y que se nos atraviesa una huerta de cocos con la reja abierta!, ¡y sin guardián a la vista! No tardamos en dar con una prometedora palmera: baja (de unos cinco o seis metros de alto) y cargadísima de cocos ya maduros.
. Decidimos que la mejor manera de alcanzarlos era que yo (el más delgado de los cuatro) me subiría sobre los hombros de dos de los amigos y así alcanzar la altura suficiente para poder abrazar el tronco y empezar a trepar. Justo estaba empezando la maniobra cuando apareció el huertero, enojadísimo y machete en mano gritando todas las groserías veracruzanas del repertorio (en México los veracruzanos tenemos fama de mal hablados).
. Del susto los dos sobre los que me apoyaba salieron corriendo, dejándome literalmente colgado de la brocha. Caí sentado, con apenas el tiempo suficiente para verificar que no tenía ningúna lesión aparente antes de emprender la huida, y sin ningún coco, por cierto.
. ¿El resultado?, como a los seis meses, al estar sentado frente al restirador por varias horas haciendo las tareas de dibujo técnico, comencé a sufrir de una molesta sensación en la espalda: una vértebra dorsal desviada, producto de aquella caída y que requirió algún tiempo de terapia para volverla a acomodar en su lugar, además de un regaño supremo cuando tuve que confesar a mis padres el origen de la lesión.
. ¿Valdrá la pena correr otra vez ese riesgo por unos ricos cuatomates?... lo pensaré.

Cuatomates


En la mañana, ya para llegar a mi negocito, reparé en una mata silvestre en el terreno baldío que hay a un lado.
. Y sí, ahí entre malas yerbas y basura, estaba una graaaaan planta de cuatomates, o sea jitomate silvestre, pequeños (del tamaño de una uva) maduros y dulcísimos.

Y acá me doy cuenta de que debo hacer un glosario, pues incluso en el norte de México no se distinguen con nombres distintos los tipos de "tomates".
. Al menos en el sur de México, el "tomate" grande, rojo o de bola se le conoce como "jitomate", mientras que la palabra "tomate" refiere al tomate verde (tomatillo, en algunas regiones, también conocido como "tomate de bolsa" o "miltomate"). Y por verde no me refiero a que no esté maduro, sino que ese es su color, adquiriendo un tono verde-dorado cuando está en su punto. Esta variedad normalmente se cuece para guisar o para elaborar salsas verdes picantes.
. También existen otras variedades de tomates rojos, más baratos y sin tanto sabor como el jitomate: los llamados "saladet", "guajillo", y los "cherry" que se emplean en alta gastronomía para decorar.

. Pero antes de que salgan a buscar cuatomates silvestres, una advertencia: si son negros !evítenlos a toda costa!, pues estarán frente a un "xaltomate" usados en brujería...
. Le agradecí a la mata el ramito que corté. Y como compensación, le regalé dos cubetas de agua.


lea la continuación en Robando cocos
.

viernes, 20 de febrero de 2009

Cautela

cuatro gorriones
desde ramas distintas
miran al gato

miércoles, 11 de febrero de 2009

Crisis

No hay quien compre
bellas artesanías
del ambulante

viernes, 30 de enero de 2009

Primer Aniversario!

El rincón amansalocos cumple un año
Agradezco a todos los visitantes, asiduos y ocasionales, el tiempo que dedican a leer mis textitos
y para, ahora sí, postear algo de valor, les comparto las siguientes líneas, que una autora muy cercana a este blog envió para celebrar el primer aniversario:

Red de letras
lírico encanto
amansa los locos

jueves, 29 de enero de 2009

cometa...

vuelo frustrado
cometa prisionero
en el alambre

viernes, 19 de diciembre de 2008

Anoche soñé que escribía un haiku

Anoche soñé que escribía un haiku, un bello haiku sobre la nostalgia. Mientras lo componía cambiaba mi visión del mundo, descorriéndose un velo para acceder a una realidad sin distinción entre sujeto (yo) y objeto (el mundo), una dimensión donde no existe la barrera entre uno mismo y el resto de la creación.
Fue un sueño hermoso.
Y al despertar, no recordé ni una línea.

No es la primera vez que me sueño creando buena poesía que se pierda al llegar la vigilia, y ya he tenido experiencias de ésas que según los místicos son la antesala de la iluminación. Dos olvidos son los más dolorosos, en uno de ellos sabía una canción que, al cantarla podía uno volar. Y dos veces me he integrado por minutos con el entorno: una cuando tenía diecisiete flotando en un arroyo tropical, y otra en que sentí ser una hoja de la gran ceiba de la zona arqueológica maya de Yaxchilán.

En la mañana, aparte la frustración, me afloraron algunas certezas sobre mi relación con las artes: la música, la literatura, el cine y la fotografía. La más terrible es que díficilmente podré salir de mi papel de consumidor en vez de creador. Me deleita escuchar música por horas, aunque sepa que difícilmente pueda componer dos notas seguidas o interpretarlas con algún instrumento (ya no se diga cantarla o bailarla, por no hablar de intentar dibujar algo: cuando fui con Diosito para que me asignara mi cuota de talento artístico, me dio un vale para mi próxima encarnación).

Siempre he sido un lector voraz y poco selectivo que no cree en los "géneros menores". Me fascinan las obras que presenten una propuesta novedosa, y que lo hagan de forma que uno quede enganchado con pocas frases como las que Rosa Montero inicia Historia del rey transparente:
«Soy mujer, y escribo. Soy plebeya, y se leer. Nací sierva, y soy libre...».

Suelo estar leyendo varios libros, revistas y blogs al mismo tiempo, y puedo brincar sin ningún remordimiento entre un best seller y Jorge Luis Borges o Saramango. Detesto vestirme de exégeta y buscar contradicciones o faltas de coherencia en la literatura fantastica y por eso no me avergüenza confesar que me gusta Harry Potter y Crepúsculo, o que leo con frecuencia libros de autoayuda tipo Deprak Chopra y el blog de Coelho.

Tengo, eso sí, preferencias muy definidas: Leo mucho más prosa que poesía (y si un poema no me atrapa en las primeras dos líneas, lo dejo de lado); me encanta la literatura italiana contemporánea, la ciencia ficción, Vargas Llosa más que García Márquez, más novela histórica que romántica y detesto a los escritores pedantes, los que enredan el discurso, los falsos poetas y, sobre todo, cualquier pretensión dogmática.

Rara vez critico o analizo lo leído, me quedo en el nivel de "me gusta" o "no me gusta". Lo mismo hago con otra de mis pasiones, el cine, porque además me fastidian los sabihondos que se regodean deshaciendo una obra atacándola con palabrejas como "la mímesis" ("pues qué mámones", pienso siempre). Pero eso sí, busco que lo que leo esté limpio y sin errores ortográficos (uno de los problemas de dedicarse a editar textos es que las erratas "brincan" y le arruinan a uno la lectura).

¿Y cómo es que algo me atraiga? Hay dos aspectos: la forma de escribir y el tema.

En el aspecto temático busco cualquier propuesta que presente un desafío a la imaginación, que explore un aspecto potencialmente mágico de la realidad cotidiana, o le den un tratamiento singular a los grandes temas universales, y más si esto no es evidente.
Por ejemplo, hasta hace poco comprendí por qué estoy tan absorto en la lectura de Los hijos de Aesir una novela en entregas quincenales. Su autora, Ángela Arias, ha sabido crear dentro de una atmósfera fantástica un entorno para que sus bien delineados personajes representen los grandes desafíos de la lealtad, la busqueda de sí mismos, la libertad, etcétera. Pero sobre todo, un tema cada vez de mayor actualidad: cómo prosperar y sobrevivir en un entorno completamente distinto para el que uno se ha preparado toda la vida, cómo adaptarse a ser quien no se supone que uno iba a ser, cuando se rompen los valores y las expectativas que se habían asumido como firmes e inamovibles, cuando ya no son válidas las premisas en las que fue uno educado.

En cuanto a la forma de escribir, comulgo con este diálogo que leí en un libro infantil La caseta mágica:

«No sabía que las palabras fueran tan complicadas»,
dijo el niño.

«Sólo lo son si usas muchas para decir poco»,
respondió el perro
.


En una entrevista, le preguntaron a Juan José Arreola cómo sabía si un libro era bueno o no. Respondió diciendo que era bueno si lograba que el lector se identificara tanto que pudiera exclamar: "Esto lo pude haber escrito yo". Pues a mí me gustaría escribir como esos autores que con tan pocas palabras dicen tanto, convierten cada frase en un pequeño cosmos, como en este pequeño párrafo de Borges:

«Ante la muerte de un amigo, compruebo que lo recuerdo con intensidad, pero que los hechos o anécdotas que me es dado comunicar son muy pocos [...] su imagen, que es incomunicable, perdura en mí y seguirá mejorándome y ayudándome. Esta pobreza de hechos y esta riqueza de gravitación personal corrobora tal vez lo que ya se dijo sobre lo secundario de las palabras y sobre el inmediato magisterio de una presencia.»

Mi favorito en ese aspecto es El tiempo de la noche, de William Sloane, una obra que cabalga entre la ciencia ficción y la novela policiaca. Cada uno de sus párrafos, en manos de un escritor poco talentoso, se convertiría en una o dos páginas. Y ése es el aspecto que más me atrae de los libros de Stepahie Mayer, pues en Crepúsculo logra transmitir una serie de sentimiento y vivencias muy profundos con pocas palabras, sin trucos, sin palabras rimbombantes.

Por eso escribo poco, en parte porque durante mucho tiempo me habitué a trabajar sobre textos de alguien más, a veces muy malos, pero que ya estaban hechos, a los que se podía rehacer de nuevo, tardarse a veces días con los dos o tres párrafos iniciales hasta que adquirieran una estructura coherente y leíble, pero que no presentaban el problema de la "página en blanco". En cambio, cuando son mis propios escritos "me queman las manos" antes de subirlos a la red, a sabiendas de que les falta un mundo de trabajo.

Otro obstáculo es un cierto fetichismo por la labor del escritor, uno se intimida al querer alternar entre los grandes. Así, como no sea escribir algo por compulsión, por una urgencia inmediata, se vuelve una penosa tarea para la que no se cree estar preparado hasta que uno pueda hacer lo que Maquiavelo:

«Llegada la noche, vuelvo a casa y entro en mi cuarto de trabajo. A la puerta me despojo de las ropas rústicas, llenas de fango y de lodo; me pongo ropas limpias y de etiqueta, y así, decentemente vestido, penetro en las antiguas cortes de los hombres antiguos. Acogido por ellos con amor, me nutro con ese alimento, el único que me conviene y para el que he nacido.»

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El celular de Hansel y Gretel

para reflexionar...

El móvil de Hansel y Gretel
Hernán Casciari

(Periodista argentino que escribe en El País de España)

Anoche le contaba a la niña un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: 'No importa. Que lo llamen al papá por el móvil'.
Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura —toda ella, en general— si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.
Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.
Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.
¿Ya está?
Muy bien. Ahora ponga un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.
¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?
La Niña, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.
Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate. Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.
Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.
Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.
Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.
Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.
Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.
Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler.)
Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:

M HGO LA MUERTA,
PERO NO STOY MUERTA.
NO T PRCUPES NI
HGAS IDIOTCES. BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción 'Banda ancha móvil' de Movistar.
Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría 'Cien años sin conexión': narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el messenger.
La famosa novela de James M. Cain —El cartero llama dos veces— escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría 'El gmail me duplica los correos entrantes' y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.
Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, 'Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura', la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.
En la obra 'El jotapegé de Dorian Grey', Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición. La bruja del clásico Blancanieves no consultaría todas las noches al espejo sobre 'quién es la mujer más bella del mundo', porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90€ la conexión y 0,60€ el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.
También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.
Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.
Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa.
La telefonía inalámbrica —vino a decirme anoche la Nina, sin querer—nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante.Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.
Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?
No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador. ¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.
Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan. Nuestras tramas están perdiendo el brillo —las escritas, las vividas, incluso las imaginadas— porque nos hemos convertido en héroes perezosos.